9.4.18

Pesca de la lisa a cordel


Que sí. Que no. Que dicen que sí, pero no sabemos cómo. Las lisas (Múgil spp.) se pasean a la vista del pescador, y cómo no, también de sus anzuelos, pero no hay técnica reconocida para esta elusiva, a veces abundante y apreciada en culinaria pieza. Forma buenas agrupaciones, cerca de tierra, en zonas de estuario preferiblemente, pero el acopio es por lo común cosa de atarrayadores o tarrayeros, o sea, los señores del arte de la atarraya, que es red circular que se lanza y que la legislación aprueba para la colecta de carnada (sic). Uno habrá leído de pesca de lisas con imitaciones de pan para usar con avíos de mosca, pero no las ha probado. Por Argentina es pesca corriente, y lo mismo parece que por España.
Desembarcaba en el renombrado Emboque de Regla, viajero desde la orilla de la ciudad grande al viejo pueblo marinero, cuando hallamos a unos colegas cordeleros con medio cuerpo en el agua de la bahía, junto a los viejísimos pilotes de acero. No estaban perdiendo el tiempo, que en unos cuantos años algún esmero se ha puesto en sacar contaminantes del puerto capitalino y ya hay sus anécdotas alentadoras de pesquerías distantes del canal de entrada.
Lanzaban un nailon que parecía ligero, con anzuelo pequeño y una boya chica y bien visible. Un revoleado nada aparatoso, seis o siete metros al frente el punto anaranjado del flotador y ahí está. No había mala picada y respondió enseguida el buen pescador con una en la mano:
− Lisa.
Luego sacó la ensarta para dar a conocer el puntaje, no faltando desde el muro quien pujara por comprar. Normal, es La Habana, justo en su litoral.
Un señor sentado en la orilla, que tratándose de la villa de Regla necesariamente sabe del oficio, que explica el detalle de la carnada muy prolijo:
− Aquí, con pan − señala en el arrecife de la orilla unos panes redondos de los que salen en bandejas de aluminio de todas las panaderías de la ciudad-. En Cojimar, ¿usted ha estado en Cojimar?, allí es distinto: por donde el río desemboca a la ensenada del Cachón viene flotando un limo fangoso que el pescador levanta con la mano plana hacia arriba, le ajusta encima el anzuelo y lo deja flotar otra vez en la corriente de salida, dándole cordel. La picada no demora.
Como es usual, vamos en busca de la bibliografía especializada en peces, que afortunadamente nos es confiable. Comenzamos por la Ictiología cubana de don Felipe Poey, nuestro clásico en la materia. En el volumen II, página 549, leo acerca de una de las especies de este pez: “...los dientes faríngeos, complicados y contorneados, no permiten el paso de los alimentos, a no ser el lodo y la arena que traen consigo las sustancias orgánicas”. Algo curioso, pues también tiene dientes finísimos, que para algo usará, probablemente para porcionar el alimento o más bien su soporte, si vamos a ser exactos. El caso es que, para nuestro autor del siglo XIX, nuestra sorpresa por la licada de la lisa en la bahía puede que estuviera poco justificada: “Es difícil de pescar al anzuelo, para lo cual es necesario emplear un hilo blanco y arrojar con la carnada unas bolitas de pan y queso”, dice en la página 551. 
 Darío Guitart, fuente más reciente, enumera en su Sinopsis de los peces marinos de Cuba las siguientes especies de Lisa: lebrancho (Mugil liza), que es la de mayor talla, con 50 cm de longitud. La lisa de abanico (M. trichodon), la lisa blanca (M. curema) y la rabúa, que curiosamente aparece identificada con el genérico Mugil sp. Ocurre que la especie fue hallada poco antes de que se llevara a la imprenta la obra, cuyo tomo segundo, que trae la información sobre las lisas, aparece en 1975. Pero ese mismo año aparece un reporte de actualización en la revista Poeyana, y se halla una lista mayor de especies de lisas: M. cephalus, M. cureme, M. gaimardianus, M. liza y M. tricheder. El texto aparecido en el número 149 de la citada publicación, se titula “Una nueva especie del género Mugil (Pisces mugilidae) en aguas cubanas”, escrito por Guitart y por el hoy Dr. en Ciencias Biológicas Luis S. Álvarez Lajonchere. Se refiere al descubrimiento de la rabúa, que recibe el nombre científico de Mugil longicauda. Refieren los autores que en diciembre de 1973 hubo un viaje a la bahía de Nipe por el licenciado Rodolfo Claro, el experto FAO Dr. Yoshimara Enamoto y el auxiliar Olban Santana, quienes capturaron un ejemplar de Lisa tentativamente identificado por Guitart como M. gairmadianus. En una segunda expedición, realizada por Lajonchere y Alida García colectaron dos ejemplares adicionales que al ser estudiados con mayor detenimiento por los autores, demostraron pertenecer a una especie nueva para la ciencia.
Las lisas, junto a los robalos, pataos y otras, forman parte de un grupo de especies cubanas cuya cría en sistemas de piscicultura han sido insistentemente recomendados por en Dr. Lajonchere.
La gran utilidad de la lisa como carnada en la pesca mayor la supimos un día en 1989, merodeando los canales de Barlovento para aprender de pesca de agujas. Atareado en su barco estaba Miguel Coello Traba, antiguo pescador palangrero devenido capitán  de yate turístico. La conversación trajo mucho jugo, sobre el troleo durante la pesca, formas de picar de las diversas especies de aguja y el método para capturarlas. Entonces alguien mencionó la palabra carnada y esto dijo el experto:
Como carnada, la lisa es un poco delicada. Hay que deshuesarla, sacarle toda su columna; nosotros tenemos un tubito, le hago un caladito aquí en la cabeza, y le sacamos completa la columna. Le ponemos un plomo de 10 a 20 onzas, según lo que uno quiera bajarla en profundidad. Esa lisa parece que viene viva, con el anzuelo sacado por debajo, donde tiene la aletica (1).
1- Ismael León Almeida: El torneo cubano de Ernest Hemingway. Editorial Científico Técnica, La Habana, 2017, p. 302.
Lisas de dos o tres libras no son raras y su carne tiene prestigio desde la época de los indios, que solían encerrarlas en corrales allá por la bahía de Jagua, o sea Cienfuegos. Tiene prestigio de frituras y sobre todo en el caso de los huevos. Dan nombre a un municipio de la capital, donde hubo una taberna que las servía al hambriento de paso. Algo tomaban para acompañarlas, si me preguntan, que pudiera ser vino peleón de la península, o aguardiente del ingenio más cercano. Allá cada cual con su curda.